Entre la paradoja y la contradicción: sobre Vallejo y Benjamin parte IV

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La Virgen de los Sicarios. Alfaguara (2012)

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Hay un aporte de la “teoría de la narración paradójica” del Grupo de Investigaciones Narratológicas de la Universidad de Hamburgo, el cual, basándose en el concepto filosófico de paradoja, propone una tipología de los procedimientos transgresivos en aquellos textos de ficción que infringen las convenciones narrativas de su tiempo al vulnerar el principio de contradicción según el cual lo que se contradice a sí mismo no puede ser verdadero. Según Lang, “una narración se revela paradójica” cuando, mediante un recurso de “autodistanciamiento”, “entra en contradicción consigo misma”. Esta contradicción se expresa en cinco ámbitos: aquel de las relaciones ontológicas entre una obra narrativa y la realidad, en tanto la primera se funda en un concepto coherente de ficcionalidad que surge de la obra misma y no de su “similitud” con el mundo real; en el de la relación entre la obra narrativa y el repertorio de los géneros literarios; en el “sistema mismo de la obra narrativa” entre los planos del discurso y de la historia; en lo que hace a la relación del discurso consigo mismo, no pudiendo presentarse elementos del discurso que sean contradictorios entre sí; finalmente, en lo que hace a “la condición de lo narrado”, en tanto este posee “un solo orden específico de sucesos y acción” basado en una sola ontología específica.

Existe, en la narrativa de Fernando Vallejo tanto en el plano del discurso como en el de la historia, y sobre todo, en el del discurso consigo mismo, una de las categorías ontológicas planteadas por la escuela de Marburgo en la que pueden rastrearse tras su análisis demasiadas contradicciones con el aparato crítico con que se viene estudiando la obra de Vallejo en la última década, diversas contradicciones que se verifican al elegir de parte del autor la condición del Yo narrador, en esa atmósfera intimista del Yo se pone en evidencia lo vivo y lo identitario del discurso; dicho de otro modo, hay una trans-gresión que pasa por encima de los propios límites que su discurso construye. Narración paradojal que permite acercar aun más dos experiencias seculares de escritura.

Walter Benjamin trazaba hacia 1945 en sus tesis sobre la filosofía de la historia, un itinerario sobre la problemática a la que se acercaba cada vez más el sujeto moderno, y prefiguraba de esta manera, un siglo XX marcado por uno de los temas centrales que Vallejo aborda en sus novelas de una manera menos ensayística pero igual de profunda. En efecto, la memoria, el enemigo del mal como una fuerza mesiánica que no cesa de vencer, la descentralización de una verdad absoluta, y los oprimidos de la raza humana en los que adscribe en su rol de protagonista permanente, son los principales ejes temáticos que Walter Benjamin utiliza para determinar un pensamiento que linda todo el tiempo con la negatividad, al igual que Vallejo a Benjamin no le interesa un sujeto histórico al que todo le sea indiferente, Benjamin necesita que ese lumpen, sea un sujeto capaz de recordar en el presente aquello que tuvo de fracaso en el pasado, es a través del presente que una presencia pasada se reivindica en la actualidad. Esto es paradigmático en los dos escritores, la idea de que existe un continuum histórico en el que la memoria trabaja siguiendo un orden que no se corresponde nunca al cronológico; el narrador de todas las novelas de Vallejo nunca cuenta los acontecimientos tal y como han sucedido en un tiempo determinado, por el contrario, los hechos se hallan inmersos, perdidos, en un torbellino temporal en el que las imágenes, los recuerdos, acuden a su memoria tal como van siendo evocados, y este es precisamente un punto de inflexión importante en la obra del colombiano que se articula con el pensamiento del filósofo alemán: existe, para Rafael Figueroa Sánchez, una línea que proviene del postestructuralismo para la cual una vigencia y actualidad del barroco estarían centradas sobre nuevas teorías sobre la imagen y la visión, y que esa deriva confluye en el pensamiento baudrilliardiano donde sostiene la explicación de la excitación que ejerce en nuestra época la imagen barroca, ya que dicha imagen debe disimular una ausencia.

Parte de estas ausencias son reelaboradas hoy por la nueva novela latinoamericana, signos ausentes tal como se los conoce pero que toman el matiz central si se lo analiza bajo la perspectiva correspondiente.

Benjamin hace un uso similar de la línea histórica cuando realiza su crítica a los historiadores: el de dejarse llevar por lo empírico haciendo caso omiso a lo que lo que hay de intuitivo en la memoria, lo que hay de vivo resplandeciente, pueda salvaguardarse para ser narrado y posteriormente redimido: se deja llevar por sus propias fuerzas, y sus evocaciones tienen más de nostalgia por lo perdido y por lo de reivindicador, que por el intento ordenar los hechos tal y como sucedieron a nivel histórico.

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En La Virgen de los Sicarios también hay elementos que necesitan ser rescatados del pasado dentro de estas paradojas que plantea la teoría de la narrabilidad de Marburgo. Si decimos que en las novelas del escritor colombiano una línea fronteriza permite delinear un mismo narrador que utiliza su catarsis de odio y negatividad para describir sinsentidos que hacen de su derrotero algo irreparable, existen elementos esenciales que muestran que lo paradojal, en tanto exceso y descentralización que transgrede el barroco, contradice y a la vez vulnera su propio discurso. Tanto en la Virgen… como en El Desbarrancadero, la pobreza es una clase, funciona como un estímulo más de la función catártica que ejerce el narrador, ya nos referimos antes al desdén con que trata a los pobres; sin embargo, el protagonista elige a un sicario que también es pobre, una elección que justifica a lo largo de la narración por el lado del amor, Alexis es un chico salido de las comunas (villas) que su amante, un señor mayor deducimos, aborrece, pero el amor que siente por él hace que su realidad de un paso a un costado, esquivando aquello que detesta, a saber: la pobreza, la gente salida de las villas, y sobre todo los asesinos que entre otros llevaron a Colombia al caos adhiriendo así a las causas que han hecho del país un infierno latinoamericano; para Alexis el protagonista no escatima adjetivos: mi amor, ojos verdes, lindos, puros a pesar de que sabe que tiene el corazón dañado o que su cuerpo está manchado de sangre; nada de eso le importa, hay una vislumbre de rescatar en Vallejo lo que de puro tiene el hombre, a pesar de que resigne en ese rescate parte del pensamiento que opera en su obra.

Lo mismo sucede con la creencia religiosa de Vallejo, ha declarado hasta el hartazgo en entrevistas acerca de las religiones, y en especial el catolicismo, en sus novelas apunta sus frases bajo la misma tendencia, que no cree en Dios ni en ningún tipo de absoluto, en El Desbarrancadero hay una famosa frase, tal vez una de sus más fuertes frases acerca de Dios: ¡Pendejos! ¡Dios no existe y si existe es un cerdo y Colombia un matadero!; una frase que delimita y extralimita su propia novelística, no existe una manera de volver esta idea tan firme atrás, una concepción tan devastadora haría pensar a cualquier lector de su obra que el rescate de lo religioso sería una tarea imposible, pero para Vallejo sería demasiado fácil pretender que esta afirmación sobre la existencia o in-existencia de Dios se limita a su vida personal y a partir de allí no cabe suponer ninguna esperanza; el colombiano es ante todo escritor, y como genial escritor que es elige caminos que saturan un idea sola, precisa, objetiva. La esperanza ligada a lo religioso la guarda en la imagen de la Virgen de Sabaneta, no solo una esperanza en lo terrenal, que nos asombraría, sino una esperanza ad-eternum, puesta y alojada en el más allá, y es en este terreno donde la proximidad con Benjamin renueva sus ejes temáticos con más profundidad.

Una de las dos propuestas principales del filósofo alemán consistía en la crítica que hace a la teología, lo que le preocupaba no era que la religión sea fruto de la ignorancia, o magia que oculta la cruda realidad del individuo, lo que le da que pensar es que con el exceso de razón el hombre pueda alcanzar una sociedad justa, Benjamin hereda esta concepción de la Ilustración hacia principios del siglo XX, e insiste para que sea la esperanza una redención por la que la religión pueda ser repensada.

Vallejo escribe en La Virgen…

Madre Santísima, María Auxiliadora, señora de bondad y misericordia posternado a vuestros pies y avergonzado de mis culpas, lleno de confianza en vos os suplico atendáis este ruego: que cuando llegue mi última hora, por fin, acudáis en mi socorro para que tenga la muerte del justo. Ahuyentáis al espíritu maligno y su silbo traicionero, y libradme de la condenación eterna, que la pesadilla del infierno ya la he vivido en esta vida y con creces: con mi prójimo. Amén.

Aquí se da la mayor paradoja de su obra; si hablamos anteriormente de una filosofía de lo irreparable, de una negatividad que no suele encontrar pares en la novela latinoamericana, aquí encontramos el párrafo emblemático en lo que respecta a la condición paradojal a la que se enfrenta la temática del escritor colombiano, a saber: que lo irreparable guarda para sí una condición que puede absolverlo. Aquí el término Redención hace referencia al reconocimiento de un derecho a la felicidad de lo frustrado. La virgen María se convierte de pronto en el tribunal redentor del novelista, un tribunal que juzga lo profano del personaje para evaluar si habrá un reconocimiento a una felicidad en el más allá que el justo merece, hay una clara execración de un futuro infernal de parte del personaje y hay, también, una revisión hacia el pasado que clama por justicia, ahuyentáis al espíritu maligno, una frase en la que se reconoce digno y merecedor de la maldad por la que pide.

En la tesis III de Walter Benjamin la memoria es redentora si es universal, y plantea también el papel del hombre que tiene que enfrentar al pasado en algún momento si es que considera que hay algo digno de ser salvado; la promesa mesiánica es la que le va a permitir no dar por cancelado el derecho a una felicidad de los oprimidos-lumpen que no son otros que los sujetos de la modernidad que vendrá. Vallejo reconoce lugares de su vida en los que ha sido feliz, espacios que sirven como puntos fugaces en los que apenas resplandece una porción de esa felicidad que intenta salvar: era la semana de navidad, la más feliz de los niños de Antioquía. ¡Y qué hace que éramos niños!, recuerda en las primeras páginas de El Desbarrancadero, la infancia funciona como un pasado posible a salvar, los recuerdos junto a la familia y en especial si estos van acompañados de símbolos navideños sirven al presente en el que escribe la posibilidad de ser redimido.

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