Notas para una descentralización del barroco: sobre Vallejo y Benjamin parte 2

I

dos balas en contra del pensador, a pesar de todo

Hace apenas un año Ricardo Forster decía que Walter benjamin podía ser situado dentro de las voces de un filósofo, un poeta y un novelista. Esta aserción abunda en fundamentos verosímiles si tenemos en cuenta que el campo de las ideas que frecuenta el escritor alemán se vale de una pluralidad de géneros que invalida gran parte de lo conocido por los grandes pensadores. Por ese entonces el mundo aún estaba bajo la sombra de la frase “Dios ha muerto”, el fragmento que pronuncia el loco en el libro La Gaya Ciencia de Nietzsche. Una frase que encierra grandes significaciones, pero que sin duda expresa el advenimiento de un discurso cuasi apocalíptico que reúne toda la intensidad y la intención de la palabra teológico religiosa: el fin del mundo. Hay en Benjamin, un filósofo que plantea que algo radical le está sucediendo a nuestro tiempo, una subversión de los valores. Pero estos temas que inquietaban a Benjamin aun estaban aconteciendo; con el correr del tiempo, es decir, con el trazado de la modernidad hacia una postmodernidad hacia el final del siglo XX, esa experiencia secular se va a convertir en la proyección concreta de la frase nietzscheana, una época de la historia que puede ser concebida como el reemplazo de Dios por la de los hombres–sujetos de la historia.

Es Vallejo el que retoma esta idea de mundo, que desarrolla en su obra los efectos que de algún modo produjeron las preocupaciones en Benjamin, solo que más provocador y más desolador si eso es aún posible. Al igual que el alemán, también puede ser considerado un ensayista o un pensador más allá de sus novelas, basta revisar su obra para leer cruces de géneros a la manera de un Saramago, dentro del abismo de un quiebre histórico donde también es el fin de los grandes metarrelatos; entre ellos, y en el caso particular de Vallejo, por un lado el fin de la idea de Dios tal como lo conocemos en un sentido antropomórfico; por el otro un final de ese gran metarrelato que llamamos modernidad; en esa distancia es donde elige los caminos para reescribir una experiencia apocalíptica. Pero esa experiencia secular, es una experiencia barroca, inserta en su obra en el sentido de una constante metahistórica del espíritu humano que reencarna cíclicamente en circunstancias determinadas y con características determinantes.

II

vallejoFrancisco Ortega planteaba que los retornos del barroco, más que nuevas propuestas, contienen síntomas de problemáticas irresueltas o resueltas a medias. Estos síntomas, estas problemáticas resueltas por la mitad, inabarcables en su totalidad de sentido, adscriben a lo que de algún modo vienen a sostener Benjamin y el colombiano, el primero en un ámbito que linda con la visión prefiguradora de lo que podría pasar tal como se venían dando las cosas con el modernismo y su particular cosmovisión del progreso; el otro, con la decantación y posterior destrucción que ese modernismo erige varias décadas después. Es este núcleo radical el que mantiene a ambas escrituras fronterizas entre dos bordes que principian un siglo y finalizan otro. Hay aspectos de una problemática que Benjamin advierte en un tiempo y Vallejo denuncia en otro bajo la forma mutante de un barroco que en principio, toma forma en el centro del pensamiento del mismo Vallejo. Carmen Bustillo anotaba que en las últimas décadas el barroco ha  cedido y desbordado sus características tradicionales al espacio de la autorreflexividad, espacio que la cartografía narrativa de Vallejo va construyendo en sus novelas en forma de una negación dialéctica cuyo fuerte linda más con la destrucción de aquello que nombra que con el mero acto de nombrar, tan común en otras literaturas latinoamericanas como fue el caso de García Márquez o en algunos de los escritos de Rulfo. En el caso de García Márquez, la relación existente entre las palabras y las cosas consistía en la capacidad de poder nombrarlas por primera vez, Macondo ofició de claro ejemplo, una realidad en la que la magia del nombre y la posibilidad del hombre de otorgarle ese nombre, volvía reales todas las cosas creando así el llamado Realismo Mágico, tal vez una incapacidad de adosarle a lo real una solución tan poco lógica propia de occidente, como argumentó Saer alguna vez. En aquella nueva novela latinoamericana, a pesar de las rupturas que experimentaron autores como Vargas Llosa, Guimarães Rosa, Cortázar o el mismísimo Borges aunque años más atrás -aunque entre ellos abarquen un amplio espectro epocal-, hay un proyecto sólido en aspectos en los que el colombiano toma la decisión de rumbear por otros caminos; es decir, existe un proyecto borgeano, un proyecto García Márquez, y un proyecto Rulfo quien a su vez en ese proyecto meditó la forma de volver a escribir con la misma altura cualitativa de Pedro Páramo. Frente al orden borgeano, el desorden de lo informal en Vallejo. Frente al barroco estilístico cuidado y prolijo de Márquez, el desorden gramatical y la improvisación. Frente a la hipercorrección y la estructura temporal faulkneriana de un Onetti, la huída hacia el azar temporal, lo heterogéneo del autor de La Virgen de los Sicarios.

III

Si una de las características principales del barroco actual es la de lo disidente, los lenguajes transnacionales, las literaturas postautónomas en el orden de un Antonio Ungar o Castellanos Moya, así como también la noción de Lyotard de constante metahistórica que se va reciclando a lo largo de la historia, el uso de la primera persona, o una tercera omnisciente que sufre los embates del hombre moderno, indicaría cierta propensión en el caso de Vallejo a la crisis del sujeto moderno en la literatura que se viene escribiendo en, al menos las dos últimas décadas, pero que viene reciclándose a lo largo de varias décadas atrás en lo que resta de tiempo entre Benjamin y Fernando Vallejo. La mayoría de las últimas novelas del peruano Iván Thays “Un lugar llamado Oreja de perro” en la que un observador cronista viaja a un pueblo a observar su decadencia, o del mexicano Mario Bellatin “Salón de belleza” donde un sujeto protagonista y narrador asiste al deterioro de una peluquería en la que este mundo interior es un reflejo de ese otro exterior (donde se destaca la noción de camp gay), también en la de los mexicanos Daniel Sada “Casi nunca” y tal vez la más paradigmática escrita por Juan Villoro “El testigo”, en el que el personaje principal asiste –precisamente a modo de testigo- después de muchos años a un México desgarrado, en sus relaciones de amistad, en la poesía, la política, ni siquiera los habitantes son lo mismo, lo destruido abarca la totalidad de un espacio en que lo desértico linda con lo infernal.

En efecto, el Yo narrativo, la primera persona elegida por estos autores incluido Vallejo mismo, actúa las veces de sujeto que recorre lugares que otros han destruido: esos otros son siempre los mismos en todas las novelas de Vallejo: la clase política, los pobres, la religión católica, son tres de los elementos que operan como una suerte de estímulos para que el narrador vaya deconstruyendo todas las ruinas que encuentra a su paso como si fuera el lumpen benjaminiano. No es que en esta deconstrucción levante esos escombros del pasado para otorgarles un nombre nuevo u otorgarles una posibilidad de esperanza hacia el futuro, por el contrario, al igual que el sujeto histórico de Benjamin, Vallejo les otorga la perspectiva simple aunque aguda y cínica del paseante, la reflexión profunda que peca de desánimo al no vislumbrar una salida aparente. Desde esta perspectiva no existen salidas aparentes para Vallejo ni en La Virgen de los Sicarios ni en El Desbarrancadero ni en ninguna de sus novelas porque su filosofía es precisamente la de lo irreparable, lo que no se puede volver atrás.

…vivir en Medellín es ir uno rebotando por esta vida muerto. Yo no inventé esta realidad, es ella la que me está inventando a mí. Y así vamos por sus calles los muertos vivos…fantasmas a la deriva arrastrando nuestras precarias existencias…

El modelo de los autores latinoamericanos del período que transcurre de los sesenta hasta los ochenta aproximadamente, aunque grandiosos, aunque insuperables en muchos sentidos, co-existen con un modelo fuertemente consolidado de Vallejo que hizo un arquetipo de la descentralización barroca, su modelo es un gran antídoto contra la tiranía de muchos proyectos literarios. Su acento está arraigado en el avance, no tanto de las acciones sino en lo que de tirano tiene tanto el lenguaje como aquello que nombra, connota y alberga en su interior, la potencia de lo descentralizado entendido como la facultad de instaurar fragmentos, fracturas, para rechazar todo tipo de totalizaciones para acercarse a cualquier periferia.

IV

Estas periferias, fragmentos, provienen de ese rasgo propio del barroco: la autorreflexividad tan importante nos lleva a pensar en la nueva problematización del sujeto moderno, un lenguaje barroco que cede lugar en la actualidad no tanto a lo fundacional como al discurso indagatorio, interior, e intimista que brinda la primera persona y que tiene en el escritor tal vez su mayor paradigma, y en ese inquirir, va moldeándose como un lumpen, la típica imagen del artista acostumbrado a mirar las ruinas para ver qué tiene de significativo dentro de un espectro temporal que no tiene pretensión de universalismo. Al colombiano no le interesa una visión del argumento en la novela que deje huellas de lo que su parecer tiene de significativo, ni plantea grandes argumentos que desplieguen grandes personajes para la realización de ninguna hazaña: por el contrario hay un Yo existente tanto en sus ensayos, sus biografías y la totalidad de sus novelas, un mapa trazado lleno de ramblas paralelas que funcionan a la par de otros caminos, rutas que conducen al no-encuentro de lo divino en sus ensayos, ríos que arrastran a su paso recuerdos de un país que no fue y llevándose en su corriente la memoria de una familia; Benjamin, al igual que Vallejo, también instituyó su obra desde una primera persona que recorre una especie de cartografía llena de rutas, pasajes interiores y exteriores, es decir, rechazó, desde un principio la mirada del panóptico: o sea la idea de que un ojo bien ubicado puede aprehender la totalidad de la vida; puede mirarla, de hecho lo hace, pero no asir su realidad causal ni comprenderla, Benjamin señala lo que ya está aconteciendo con el progreso y advierte sus probables consecuencias. Ambas escrituras comparten una visión autodestructora de la realidad que tiene en su interior el origen y fin de todas las cosas aunque se asienten más en sus consecuencias: para el alemán la idea de progreso era más una ilusión errónea del mundo presente, en un comienzo aquello que fue creado como mera herramienta para provecho propio en el pasado, ahora no es sino una dependencia del hombre, la crítica a la razón ilustrada, a su uso indiscriminado en pos de un progreso que sabe mentiroso porque va en detrimento del ser humano; el escritor colombiano posa directamente su mirada décadas más tarde en la degeneración de ese progreso, en el desencantamiento de una modernidad que tras atravesar casi un siglo, le genera una visión y una reflexión plagada de barroquismo. Es en este puente donde los dos escritores coexisten en un nivel de tensión unidos precisamente por la mirada glacial que a Benjamin le brinda el paseante y a Vallejo una construcción de la primera persona que utiliza la paradoja como sentido primero; es decir la posibilidad del lenguaje de entrelazar las cosas, tensionar al máximo el gesto articulador del intérprete y el material que constituye su obra. El paseante de Vallejo no persigue lo evidente aunque para él lo sea, no se preocupa por captar con la mirada aquellos que todos perciben, su mirada busca otras cosas, aquellas que por estar precisamente más próximas viven en la más absoluta de las lejanías. Para Vallejo quizá la redención no sea otra cosa que la iluminación de lo más lejano para que lo veamos con los mismos ojos con que observamos lo inmediato.

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